Hoy hace cuatro años que nació la responsable de ese sentimiento que muchas veces sobrevuela y atormenta el mundo de la maternidad y la paternidad: la culpa.
Os voy a contar de qué cosas tiene la culpa esta criatura que llegó hace cuatro años abrasándome las manos, como ya he contado otras veces.
Es la culpable de ser capaz de alegrarme el día incluso después de la guardia más agotadora.
Es la culpable de haber sacado la versión más paternal de su hermano y la versión más tierna de su hermana.
Es la culpable precisamente de este blog. Después de dos paternidades muy seguidas, que convirtieron la situación en casi en una cuestión de supervivencia, llegó para demostrarme que la paternidad es una cosa mucho más grande y mucho más bonita. Removió en mi sentimientos que me llevaron a empatizar con las situaciones que vivo a diario en la consulta. Desde el nacimiento de ella me es mucho más fácil conectar con todos los padres y madres.
Es la culpable de haberme enseñado que la verdadera felicidad está en detalles muy pequeños de situaciones muy cotidianas.
Es la culpable de mostrarnos a su madre y a mí qué es la verdadera maternidad y la auténtica paternidad. La culpable de haber sacado mi mejor versión de padre y la mejor versión de su madre.
Es la culpable demostrarme día a día que el mundo mirado a través de los ojos de un niño es mucho más bonito y sí merece la pena ser vivido cada segundo.
Es la culpable de enseñarnos que la verdadera inclusión, la verdadera tolerancia, el respeto y el amor verdadero consiste simplemente en tratar a los demás como lo hace ella, como una niña, con su inocencia, sin prejuicios.
En definitiva, es la culpable de habernos mejorado a todos y de haber cerrado un círculo perfecto en nuestra familia.
Gracias, Victoria, por ser culpable de todo.
¡¡Bendita culpa!!
¡¡Felicidades, hija mía!!

Es maravilloso poder revivir los recuerdos. Hay momentos en la vida que quedan grabados a hierro en la mente y en el corazón y te acompañan cada vez con más fuerza y más claridad.
Con sólo cerrar los ojos soy capaz de recordar, e incluso sentir, cada uno de los últimos gemidos de tu madre en aquel trabajado expulsivo. Después de aquella agotadora noche, no sé de dónde pudo sacar fuerza, como una jabata, para ayudarte a nacer.
Naciste amaneciendo, saliste a la par del sol. Quizás preludio de toda la luz que te quedaba por irradiar.
Soy capaz de escuchar aún los gemidos de tu madre y soy capaz de sentir cómo me quemaste. Lo he contado ya muchas veces pero fue una sensación maravillosa. A pesar de contar por miles los partos a los que había asistido antes de tu nacimiento, fue una sensación nueva. Nunca antes había sentido que un bebé, en el momento de nacer, quemase como un ascua hasta el punto casi de no poderte sostener.
Cierro los ojos y escucho los gemidos de tu madre, inmediatamente siento ese calor que se inicia en mis manos al cogerte y me recorre todo el cuerpo y escuho tu llanto. Tu primer llanto. Ese esperado llanto que acaba con las horas de incertidumbre de 41 largas semanas. Te hiciste de rogar pero la espera valió la pena. ¡Vaya que si valió la pena!
Aún a día de hoy sigues irradiando luz como ese sol que amaneció contigo aquel 19 de enero de 2009. Muchos han sido los días nublados que han amanecido desde entonces, pero que tu presencia ha transformado en el día más soleado que uno pueda soñar.
Te veo ahora, con casi mi altura, y pienso que la vida es maravillosa. Un milagro podría decir. Aquel bebé tan bulnerable, manchado de sangre, que salió aquella mañana de las entrañas de la mujer más maravillosa del mundo, es ahora un gran hermano, un gran compañero, un gran deportista, un gran estudiante, un gran hijo, en definitiva, una gran persona.
Sigue así, hijo mío, dando toda la luz que viniste a dar.
¡¡Felicidades, campeón!!
Llegaste con prisa, casi sin avisar, hace ya 9 años.
Como tus hermanos, quemándome las manos. Una bola de fuego que salió del vientre de tu madre. Fue impresionante. Pensé que esa sensación que tuve con el nacimiento de tu hermano no se podría repetir. Creía hasta ese momento que habría sido por la emoción del primero. Pero tu llegada me demostró que esa sensación es la misma, con la misma intensidad, con la misma pureza, con la misma quemazón… y se puede repetir infinitamente.
¡Fue tan mágico revivir esa sensación, ese sentimiento!
Desde el principio te supiste abrir hueco entre los tres. Pero más que ocupar un hueco lo invadiste todo.
Estás presente en cada situación importante de esta familia, o más bien, haces importante cada situación de esta familia.
No se puede ser más noble, más cariñosa, más inocente, más buena.
Capaz de cuidar de tu hermana pequeña pero también de tu hermano mayor.
Tierna, amable, servicial, divertida, compañera, transparente, sincera, sensible, muy sensible… No se cuántos más adjetivos te caben.
Si sólo pudiese decir una palabra de ti diría que eres BUENA.
Y Lo mejor de todo, eres capaz de contagiar todo eso a cualquiera que se te acerque.
Haces mejor a cada persona que se te acerca.
Viniste para hacernos mejores personas a todos los que te rodeamos.
Has sabido navegar en todas las situaciones. No tener la exclusividad de ser el mayor ni la pequeña no ha hecho que pases inadvertida. Más bien diría que eres grande, muy grande y sin afán de protagonismo.
Tú siempre estás ahí. Siempre pudo contar contigo.
Hoy te quiero abrazar con este texto porque aunque no podré estar físicamente siempre contigo, debes saber que SIEMPRE estaré contigo.
María, mi María, cuenta conmigo.
Cuando no esté en casa por trabajo o por otra circunstancia, cuenta conmigo.
Vendrán a quererte, cuenta conmigo.
Intentarán hacerte daño, cuenta conmigo.
En cada una de tus alegrías, cuenta conmigo.
En cada uno de tus tropiezos, cuenta conmigo.
Cuando seas adolescente y reniegues de mí, en esos momentos también cuenta conmigo.
Cuando te encuentres arropada, cuenta conmigo
Cuando te sientas sola, cuenta conmigo.
El mundo, cariño, está lleno de buenas personas.
Y tú, sin duda, eres una de ellas.
¡Muchas felicidades!

Esta niña es la culpable de muchas cosas.
En primer lugar es culpable de hacerme profundamente feliz cada día. Es culpable de volverme hacer sentir como un niño y, sobre todo, es culpable de hacerme entender qué es lo que realmente valora un hijo de sus padres.
Es culpable también de haberme vuelto a sensibilizar con todo el mundo de la maternidad-paternidad, de hecho fue de su embarazo de donde surgieron la sensibilidad, las ganas y la empatía suficiente para empezar este blog.
La primera vez que me quemé fue, obviamente, muy especial. Pero la crianza del primero la vives con tantos miedos (sí, los pediatras también tenemos miedos porque antes de ser pediatras somos personas y padres) que no te dejan disfrutarla del todo.
La segunda también me quemó cuando nació pero en mi caso el haber tenido los dos primeros tan seguidos hizo que la maternidad-paternidad se convirtiesecasi en una cuestión de supervivencia. Físicamente mi mujer y yo estábamos agotados (¡cuántas mañanas amanecía la pequeña con los pañales del grande y viceversa…!). Pañales de todas las tallas, bodies de todos los tamaños, carros por un lado y por otro, juguetes por todos lados… Había días que las rutinas parecían una cadena de montaje… Ahora el baño, ahora la cena, ahora la canción, ahora el cuento,… Como he dicho, era prácticamente una cuestión de supervivencia y esto tampoco te permite disfrutar adecuadamente de todos los detalles de la crianza.
Pero con Victoria la crianza ha sido diferente. Desde luego mucho más fácil y, por supuesto, mucho más natural y relajada.
La óptica de un tercer hijo te hace relativizar absolutamente las dificultades de la crianza. Hace que valores de verdad lo que de verdad importa.
Tonterías las justas. Lo importante es lo importante.
Entiendes, también, que cada niño es diferente y que lo que te sirvió para uno no te vale para los otros. Esto te hace ser mucho más tolerante con cada niño y con cada familia (esto me hace entender en mi trabajo que existen millones de modelos familiares, millones de modelos de crianza y todos perfectamente válidos).
Cada niño es un ser único e irrepetible y sólo por ello ya merece ser amado.
Desde luego, hija mía, así lo eres. Eres una niña muy especial.
Hoy, en tu segundo cumpleaños quiero darte las gracias por todo lo que me has enseñado.
Porque sin ti no habría sabido cómo de grande es el sentimiento de ser padre.
No sabes hija mía cuánto te quiero.
¡¡Muchas felicidades!!

Lo repito una y mil veces. Ya lo he contado en otras ocasiones pero, insisto, ese momento fue mágico. Ya para entonces podía contar por miles la cantidad de recién nacidos que había cogido inmediatamente después de nacer. Coger a un bebé recién salido del vientre materno siempre me ha parecido un momento mágico. Es como coger un “saquito de vida”. En ese momento termina la cuenta atrás del embarazo, un periodo de imaginación (¿cómo será?, ¿estará sanito?, ¿de qué color tendrá los ojos?, ¿a quién se parecerá?) y se pone a cero el crono de la vida, con toda la realidad que eso supone.
Pero esa vez fue diferente. Era la primera vez que sentía que un recién nacido me quemaba en las manos. Me he vuelto a quemar en dos ocasiones más , pero esa fue la primera vez. Nunca había sentido tanto calor entre mis manos, me abrasaba.
Insito, fue diferente.
Después de una larga noche de dilatación, contracciones, emociones, espera, impaciencia e incertidumbres te tenía entre mis manos y me abrasabas. Eran tan grandes tus ojos mirándome… Era tan profunda tu mirada… Era tan bonita esa nariz, esas orejitas, esa boca… ¡Qué milagro!
Era tan mágico ese momento…
Ese día comenzamos un viaje juntos. Tú empezabas tu vida y yo mi nueva vida, la vida de padre. Desde ese momento ya no has salido de mi mente y ha sido tanto lo que he descubierto que no logro imaginar cómo hubiese sido mi vida sin ti.
Ya hemos dado juntos 9 vueltas al sol. Y espero que podamos seguir dando muchas más. Es tanto lo que he aprendido… Es tanto lo que me has enseñado…
Que curioso es sentir más allá de uno mismo. Celebro cada uno de tus éxistos, Sufro con cada uno de tus decepciones. Dos personas, un mismo corazón.
No diré que el camino esté siendo fácil, pero sí es cierto que son muchas más cosas las que suman que las que restan.
¡Te quiero tanto, hijo mío!

Hoy estoy de cumpleaños. Es el séptimo cumpleaños de mi «segunda paternidad».
Creo que no sólo debe celebrarlo mi hija, que por supuesto es la protagonista principal.
Creo que yo también (y mi mujer, por supuesto) debo celebrarlo porque hace siete años mi vida volvió nuevamente a cambiar. O mejor, hace siete años mi vida volvió a mejorar.
El nacimiento de un segundo hijo trae muchísimas enseñanzas.
Para empezar, se reviven las sensaciones del primer parto, pero con un sentimiento muy raro. Es igual pero diferente. Sí, también me quemé al coger a María (mi mujer suele reprocharme, con cariño, que en cuanto nació la agarré y no se la daba).
Pero sobre todo el nacimiento de un segundo hijo, te muestra de una manera muy clara, que el amor por un hijo se multiplica por el número de hijos, nunca se divide ( a pesar de que muchas mamás lo pasen fatal en las primeras semanas del nacimiento del segundo por el sentimiento de abandono del primogénito). Te enseña en un instante que el miedo a no poder querer a otra persona igual que querías a tu primer hijo se disipa rápidamente.
Te enseña, además, que cada maternidad-paternidad es un mundo. Depende de muchas circunstancias. Depende de la diferencia de edad con el primero, depende de tu momento vital, depende… de muchas cosas. Esto me ha enseñado mucho de la vida y son enseñanzas que puedo aplicar en mi trabajo diario como pediatra.
¡¡De cuantas maneras se puede vivir la maternidad-paternidad!!
Una situación idéntica puede ser vivida con gran tranquilidad o gran angustia por dos familias diferentes. Incluso una misma familia puede vivir una misma situación de una forma completamente distinta en función de las circunstancias.
El día del cumpleaños es también un momento de revivivir momentos, de recordar . Ves fotos y recuerdas momentos. ¡¡Cuánto vivido!! Con el tiempo las buenas ganan en intensidad y las menos buenas (malas noches, rabietas, fiebres,…) se acaban olvidando hasta el punto de casi desearlas. Pero los hijos se deben ir educando para que crezcan. Su crecimiento es irremediable. No siempre serán bebés y cada etapa tiene su magia. Pero en días como este te das cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido y cada día que pasa no vuele, cada beso que no se da se ha perdido para siempre.
Los niños nos hacen mejores personas (y en mi caso creo que mejor pediatra por la capacidad de empatizar).
No puedo imaginar cómo habría sido mi vida sin ellos pero sí puedo estar seguro de que no habría sido tan completa.
¡¡Felicidades, María!!
¡¡Felicidades, mama!! Tú también has mejorado mucho en estos siete años.

Una fiesta de cumpleaños tiene mucho y de alegre y también un toque de melancolía.
Es muy reconfortante ver cómo crecen tus hijos y sus amiguitos.
Cada día del cumpleaños de un hijo es inevitable recordar la hora y el momento de su nacimiento. El lugar, la hora y las circunstancias que hicieron de ese momento un momento ÚNICO e IRREPETIBLE.
Cada uno tiene sus propias anécdotas. Yo ya hable de cómo me sentí con el nacimiento de mis hijos en el post “Ayer me quemé otra vez”.
Es también muy reconfortante ver cómo los años no pasan en balde, ver cómo van a aprendiendo a desenvolverse solos, ver cómo se van haciendo cada vez más autónomos, ver, en definitiva, cómo se van haciendo mayores.
Pero eso lleva inevitablemente asociado una parte que te pone un poco melancólico.
Ver cómo tu hija cumple seis años significa que en su mochila de este año para el cole ya habrá libros de matemáticas, lengua,… Ya terminó la etapa donde su mochila lo único que llevaba era un bocata o una manzana pelada y troceada. Ya terminó esa etapa donde al cole “sólo” se iba a jugar (Por cierto prometo un post donde hablaré muy detenidamente de los beneficios que tiene el juego respecto a otras actividades extraescolares).
Pero es cierto, uno no se debe anclar al pasado. Los hijos se deben ir educando para que crezcan. Su crecimiento es irremediable. No siempre serán bebés y cada etapa tiene su magia. Pero en días como este te das cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido y cada día que pasa no vuele, cada beso que no se da se ha perdido para siempre.
Seis años tienen muchos días, con muchos momentos bonitos y otros no tanto.
Hoy, cada vez que en la consulta veía un niño de seis años, no podía dejar de acordarme de mi hija María y de lo afortunado que somos los padres que tenemos los hijos con buena salud.
El ver los problemas que a diario tienen que afrontar muchas familias te dan un plus de objetividad que te hacen valorar el desorden de tu casa, como ya comenté en este post.
Con este post sólo quiero felicitar a mi hija María por se sexto cumpleaños y, de paso, felicitar también a todos los niños que con tan sólo seis añitos ya han tenido que vivir en sus carnes el dolor de la enfermedad. Siento hoy especial admiración por las familias que tienen que cuidar de ellos y asumir, con la entrega que lo hacen, el cuidado de sus hijos.
cumpleaños archivos – CuidarMiBebe
Hoy hace cuatro años que nació la responsable de ese sentimiento que muchas veces sobrevuela y atormenta el mundo de la maternidad y la paternidad: la culpa.
Os voy a contar de qué cosas tiene la culpa esta criatura que llegó hace cuatro años abrasándome las manos, como ya he contado otras veces.
Es la culpable de ser capaz de alegrarme el día incluso después de la guardia más agotadora.
Es la culpable de haber sacado la versión más paternal de su hermano y la versión más tierna de su hermana.
Es la culpable precisamente de este blog. Después de dos paternidades muy seguidas, que convirtieron la situación en casi en una cuestión de supervivencia, llegó para demostrarme que la paternidad es una cosa mucho más grande y mucho más bonita. Removió en mi sentimientos que me llevaron a empatizar con las situaciones que vivo a diario en la consulta. Desde el nacimiento de ella me es mucho más fácil conectar con todos los padres y madres.
Es la culpable de haberme enseñado que la verdadera felicidad está en detalles muy pequeños de situaciones muy cotidianas.
Es la culpable de mostrarnos a su madre y a mí qué es la verdadera maternidad y la auténtica paternidad. La culpable de haber sacado mi mejor versión de padre y la mejor versión de su madre.
Es la culpable demostrarme día a día que el mundo mirado a través de los ojos de un niño es mucho más bonito y sí merece la pena ser vivido cada segundo.
Es la culpable de enseñarnos que la verdadera inclusión, la verdadera tolerancia, el respeto y el amor verdadero consiste simplemente en tratar a los demás como lo hace ella, como una niña, con su inocencia, sin prejuicios.
En definitiva, es la culpable de habernos mejorado a todos y de haber cerrado un círculo perfecto en nuestra familia.
Gracias, Victoria, por ser culpable de todo.
¡¡Bendita culpa!!
¡¡Felicidades, hija mía!!
Es maravilloso poder revivir los recuerdos. Hay momentos en la vida que quedan grabados a hierro en la mente y en el corazón y te acompañan cada vez con más fuerza y más claridad.
Con sólo cerrar los ojos soy capaz de recordar, e incluso sentir, cada uno de los últimos gemidos de tu madre en aquel trabajado expulsivo. Después de aquella agotadora noche, no sé de dónde pudo sacar fuerza, como una jabata, para ayudarte a nacer.
Naciste amaneciendo, saliste a la par del sol. Quizás preludio de toda la luz que te quedaba por irradiar.
Soy capaz de escuchar aún los gemidos de tu madre y soy capaz de sentir cómo me quemaste. Lo he contado ya muchas veces pero fue una sensación maravillosa. A pesar de contar por miles los partos a los que había asistido antes de tu nacimiento, fue una sensación nueva. Nunca antes había sentido que un bebé, en el momento de nacer, quemase como un ascua hasta el punto casi de no poderte sostener.
Cierro los ojos y escucho los gemidos de tu madre, inmediatamente siento ese calor que se inicia en mis manos al cogerte y me recorre todo el cuerpo y escuho tu llanto. Tu primer llanto. Ese esperado llanto que acaba con las horas de incertidumbre de 41 largas semanas. Te hiciste de rogar pero la espera valió la pena. ¡Vaya que si valió la pena!
Aún a día de hoy sigues irradiando luz como ese sol que amaneció contigo aquel 19 de enero de 2009. Muchos han sido los días nublados que han amanecido desde entonces, pero que tu presencia ha transformado en el día más soleado que uno pueda soñar.
Te veo ahora, con casi mi altura, y pienso que la vida es maravillosa. Un milagro podría decir. Aquel bebé tan bulnerable, manchado de sangre, que salió aquella mañana de las entrañas de la mujer más maravillosa del mundo, es ahora un gran hermano, un gran compañero, un gran deportista, un gran estudiante, un gran hijo, en definitiva, una gran persona.
Sigue así, hijo mío, dando toda la luz que viniste a dar.
¡¡Felicidades, campeón!!
Llegaste con prisa, casi sin avisar, hace ya 9 años.
Como tus hermanos, quemándome las manos. Una bola de fuego que salió del vientre de tu madre. Fue impresionante. Pensé que esa sensación que tuve con el nacimiento de tu hermano no se podría repetir. Creía hasta ese momento que habría sido por la emoción del primero. Pero tu llegada me demostró que esa sensación es la misma, con la misma intensidad, con la misma pureza, con la misma quemazón… y se puede repetir infinitamente.
¡Fue tan mágico revivir esa sensación, ese sentimiento!
Desde el principio te supiste abrir hueco entre los tres. Pero más que ocupar un hueco lo invadiste todo.
Estás presente en cada situación importante de esta familia, o más bien, haces importante cada situación de esta familia.
No se puede ser más noble, más cariñosa, más inocente, más buena.
Capaz de cuidar de tu hermana pequeña pero también de tu hermano mayor.
Tierna, amable, servicial, divertida, compañera, transparente, sincera, sensible, muy sensible… No se cuántos más adjetivos te caben.
Si sólo pudiese decir una palabra de ti diría que eres BUENA.
Y Lo mejor de todo, eres capaz de contagiar todo eso a cualquiera que se te acerque.
Haces mejor a cada persona que se te acerca.
Viniste para hacernos mejores personas a todos los que te rodeamos.
Has sabido navegar en todas las situaciones. No tener la exclusividad de ser el mayor ni la pequeña no ha hecho que pases inadvertida. Más bien diría que eres grande, muy grande y sin afán de protagonismo.
Tú siempre estás ahí. Siempre pudo contar contigo.
Hoy te quiero abrazar con este texto porque aunque no podré estar físicamente siempre contigo, debes saber que SIEMPRE estaré contigo.
María, mi María, cuenta conmigo.
Cuando no esté en casa por trabajo o por otra circunstancia, cuenta conmigo.
Vendrán a quererte, cuenta conmigo.
Intentarán hacerte daño, cuenta conmigo.
En cada una de tus alegrías, cuenta conmigo.
En cada uno de tus tropiezos, cuenta conmigo.
Cuando seas adolescente y reniegues de mí, en esos momentos también cuenta conmigo.
Cuando te encuentres arropada, cuenta conmigo
Cuando te sientas sola, cuenta conmigo.
El mundo, cariño, está lleno de buenas personas.
Y tú, sin duda, eres una de ellas.
¡Muchas felicidades!
Esta niña es la culpable de muchas cosas.
En primer lugar es culpable de hacerme profundamente feliz cada día. Es culpable de volverme hacer sentir como un niño y, sobre todo, es culpable de hacerme entender qué es lo que realmente valora un hijo de sus padres.
Es culpable también de haberme vuelto a sensibilizar con todo el mundo de la maternidad-paternidad, de hecho fue de su embarazo de donde surgieron la sensibilidad, las ganas y la empatía suficiente para empezar este blog.
La primera vez que me quemé fue, obviamente, muy especial. Pero la crianza del primero la vives con tantos miedos (sí, los pediatras también tenemos miedos porque antes de ser pediatras somos personas y padres) que no te dejan disfrutarla del todo.
La segunda también me quemó cuando nació pero en mi caso el haber tenido los dos primeros tan seguidos hizo que la maternidad-paternidad se convirtiesecasi en una cuestión de supervivencia. Físicamente mi mujer y yo estábamos agotados (¡cuántas mañanas amanecía la pequeña con los pañales del grande y viceversa…!). Pañales de todas las tallas, bodies de todos los tamaños, carros por un lado y por otro, juguetes por todos lados… Había días que las rutinas parecían una cadena de montaje… Ahora el baño, ahora la cena, ahora la canción, ahora el cuento,… Como he dicho, era prácticamente una cuestión de supervivencia y esto tampoco te permite disfrutar adecuadamente de todos los detalles de la crianza.
Pero con Victoria la crianza ha sido diferente. Desde luego mucho más fácil y, por supuesto, mucho más natural y relajada.
La óptica de un tercer hijo te hace relativizar absolutamente las dificultades de la crianza. Hace que valores de verdad lo que de verdad importa.
Tonterías las justas. Lo importante es lo importante.
Entiendes, también, que cada niño es diferente y que lo que te sirvió para uno no te vale para los otros. Esto te hace ser mucho más tolerante con cada niño y con cada familia (esto me hace entender en mi trabajo que existen millones de modelos familiares, millones de modelos de crianza y todos perfectamente válidos).
Cada niño es un ser único e irrepetible y sólo por ello ya merece ser amado.
Desde luego, hija mía, así lo eres. Eres una niña muy especial.
Hoy, en tu segundo cumpleaños quiero darte las gracias por todo lo que me has enseñado.
Porque sin ti no habría sabido cómo de grande es el sentimiento de ser padre.
No sabes hija mía cuánto te quiero.
¡¡Muchas felicidades!!
Lo repito una y mil veces. Ya lo he contado en otras ocasiones pero, insisto, ese momento fue mágico. Ya para entonces podía contar por miles la cantidad de recién nacidos que había cogido inmediatamente después de nacer. Coger a un bebé recién salido del vientre materno siempre me ha parecido un momento mágico. Es como coger un “saquito de vida”. En ese momento termina la cuenta atrás del embarazo, un periodo de imaginación (¿cómo será?, ¿estará sanito?, ¿de qué color tendrá los ojos?, ¿a quién se parecerá?) y se pone a cero el crono de la vida, con toda la realidad que eso supone.
Pero esa vez fue diferente. Era la primera vez que sentía que un recién nacido me quemaba en las manos. Me he vuelto a quemar en dos ocasiones más , pero esa fue la primera vez. Nunca había sentido tanto calor entre mis manos, me abrasaba.
Insito, fue diferente.
Después de una larga noche de dilatación, contracciones, emociones, espera, impaciencia e incertidumbres te tenía entre mis manos y me abrasabas. Eran tan grandes tus ojos mirándome… Era tan profunda tu mirada… Era tan bonita esa nariz, esas orejitas, esa boca… ¡Qué milagro!
Era tan mágico ese momento…
Ese día comenzamos un viaje juntos. Tú empezabas tu vida y yo mi nueva vida, la vida de padre. Desde ese momento ya no has salido de mi mente y ha sido tanto lo que he descubierto que no logro imaginar cómo hubiese sido mi vida sin ti.
Ya hemos dado juntos 9 vueltas al sol. Y espero que podamos seguir dando muchas más. Es tanto lo que he aprendido… Es tanto lo que me has enseñado…
Que curioso es sentir más allá de uno mismo. Celebro cada uno de tus éxistos, Sufro con cada uno de tus decepciones. Dos personas, un mismo corazón.
No diré que el camino esté siendo fácil, pero sí es cierto que son muchas más cosas las que suman que las que restan.
¡Te quiero tanto, hijo mío!
Hoy estoy de cumpleaños. Es el séptimo cumpleaños de mi «segunda paternidad».
Creo que no sólo debe celebrarlo mi hija, que por supuesto es la protagonista principal.
Creo que yo también (y mi mujer, por supuesto) debo celebrarlo porque hace siete años mi vida volvió nuevamente a cambiar. O mejor, hace siete años mi vida volvió a mejorar.
El nacimiento de un segundo hijo trae muchísimas enseñanzas.
Para empezar, se reviven las sensaciones del primer parto, pero con un sentimiento muy raro. Es igual pero diferente. Sí, también me quemé al coger a María (mi mujer suele reprocharme, con cariño, que en cuanto nació la agarré y no se la daba).
Pero sobre todo el nacimiento de un segundo hijo, te muestra de una manera muy clara, que el amor por un hijo se multiplica por el número de hijos, nunca se divide ( a pesar de que muchas mamás lo pasen fatal en las primeras semanas del nacimiento del segundo por el sentimiento de abandono del primogénito). Te enseña en un instante que el miedo a no poder querer a otra persona igual que querías a tu primer hijo se disipa rápidamente.
Te enseña, además, que cada maternidad-paternidad es un mundo. Depende de muchas circunstancias. Depende de la diferencia de edad con el primero, depende de tu momento vital, depende… de muchas cosas. Esto me ha enseñado mucho de la vida y son enseñanzas que puedo aplicar en mi trabajo diario como pediatra.
¡¡De cuantas maneras se puede vivir la maternidad-paternidad!!
Una situación idéntica puede ser vivida con gran tranquilidad o gran angustia por dos familias diferentes. Incluso una misma familia puede vivir una misma situación de una forma completamente distinta en función de las circunstancias.
El día del cumpleaños es también un momento de revivivir momentos, de recordar . Ves fotos y recuerdas momentos. ¡¡Cuánto vivido!! Con el tiempo las buenas ganan en intensidad y las menos buenas (malas noches, rabietas, fiebres,…) se acaban olvidando hasta el punto de casi desearlas. Pero los hijos se deben ir educando para que crezcan. Su crecimiento es irremediable. No siempre serán bebés y cada etapa tiene su magia. Pero en días como este te das cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido y cada día que pasa no vuele, cada beso que no se da se ha perdido para siempre.
Los niños nos hacen mejores personas (y en mi caso creo que mejor pediatra por la capacidad de empatizar).
No puedo imaginar cómo habría sido mi vida sin ellos pero sí puedo estar seguro de que no habría sido tan completa.
¡¡Felicidades, María!!
¡¡Felicidades, mama!! Tú también has mejorado mucho en estos siete años.
Una fiesta de cumpleaños tiene mucho y de alegre y también un toque de melancolía.
Es muy reconfortante ver cómo crecen tus hijos y sus amiguitos.
Cada día del cumpleaños de un hijo es inevitable recordar la hora y el momento de su nacimiento. El lugar, la hora y las circunstancias que hicieron de ese momento un momento ÚNICO e IRREPETIBLE.
Cada uno tiene sus propias anécdotas. Yo ya hable de cómo me sentí con el nacimiento de mis hijos en el post “Ayer me quemé otra vez”.
Es también muy reconfortante ver cómo los años no pasan en balde, ver cómo van a aprendiendo a desenvolverse solos, ver cómo se van haciendo cada vez más autónomos, ver, en definitiva, cómo se van haciendo mayores.
Pero eso lleva inevitablemente asociado una parte que te pone un poco melancólico.
Ver cómo tu hija cumple seis años significa que en su mochila de este año para el cole ya habrá libros de matemáticas, lengua,… Ya terminó la etapa donde su mochila lo único que llevaba era un bocata o una manzana pelada y troceada. Ya terminó esa etapa donde al cole “sólo” se iba a jugar (Por cierto prometo un post donde hablaré muy detenidamente de los beneficios que tiene el juego respecto a otras actividades extraescolares).
Pero es cierto, uno no se debe anclar al pasado. Los hijos se deben ir educando para que crezcan. Su crecimiento es irremediable. No siempre serán bebés y cada etapa tiene su magia. Pero en días como este te das cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido y cada día que pasa no vuele, cada beso que no se da se ha perdido para siempre.
Seis años tienen muchos días, con muchos momentos bonitos y otros no tanto.
Hoy, cada vez que en la consulta veía un niño de seis años, no podía dejar de acordarme de mi hija María y de lo afortunado que somos los padres que tenemos los hijos con buena salud.
El ver los problemas que a diario tienen que afrontar muchas familias te dan un plus de objetividad que te hacen valorar el desorden de tu casa, como ya comenté en este post.
Con este post sólo quiero felicitar a mi hija María por se sexto cumpleaños y, de paso, felicitar también a todos los niños que con tan sólo seis añitos ya han tenido que vivir en sus carnes el dolor de la enfermedad. Siento hoy especial admiración por las familias que tienen que cuidar de ellos y asumir, con la entrega que lo hacen, el cuidado de sus hijos.